martes, 24 de agosto de 2010

Don Vito Pantócrator

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Pocos atentados de asesinato han tenido lugar en el cine de gangsters que contasen con un preciosismo épico parecido al del intento de asesinato de Don Vito Corleone en The Godfather (Francis Ford Coppola, 1972). Pocos ha habido, en los que se representase tal tragedia en el mundo del crimen organizado, en la que un gigante quedase reducido a una masa de carne descendente, en un plano frío, impactado por las balas de sus enemigos, demasiado banales, demasiado mundanas. Jamás tanto respeto fue transgredido en un disparo, tanta soberbia del ser humano contra un dios intocable que caminaba entre los vivos, como un cura, Don Vito Pantócrator.

A partir de allí, sería la expulsión del paraíso del héroe criminal, vendría la escoria luchando entre sí, criminales de medio pelo, más bien de un cuarto de pelo, queriendo manosear el poder del mundo cada vez más convencional y con menos atributos de reino o imperio como lo tuvo Don Vito, más nimio y sucio, cada vez más lejos de esa época dorada y cada vez más cerca de la nada.

Desde entonces, este recuerdo ya lejano necesitó la continua producción de imaginaciones diversas, pero ordinarias y funcionales, con las cuales se pudiera lidiar y llevar en el bolsillo, pues Corleone se convirtió, al fin y al cabo, en sublimación absoluta, ilusión de la verdad, una juego vacío de los miserables. 

Taaa rara raa ra raaa... (8)

Arrivederci.